Ivanhoe
Ivanhoe —Gracias, fiel armadura. Wamba, carguemos contra ellos —dijo el caballero, y se dirigió al galope a la espesura. Allà dio con seis o siete soldados que se abalanzaron contra él a todo correr, con las lanzas preparadas. Tres de ellas se hicieron astillas contra su peto, causando tan poco daño como si hubieran sido dirigidas contra una torre de acero. Los ojos del Caballero Negro parecÃan despedir fuego a través del visor. Irguióse sobre los estribos con un aire indescriptible de dignidad y exclamó:
—¿Qué significa esto, señores?
Los hombres no dieron otra réplica que desenfundar sus espada y, atacándole por los flancos, gritaron:
—¡Muere, tirano!
—¡Ah!, ¡San Eduardo! ¡San Jorge! —dijo el Caballero Negro, derribando un hombre a cada golpe con que acompañaba sus invocaciones—. ¿Tenemos traidores?
Sus contrincantes, desesperados como estaban, retrocedieron ante un brazo que causaba la muerte con cada golpe. ParecÃa que el terror que producÃa su fuerza iba a hacerle ganar la partida contra todo pronóstico, cuando un caballero, protegido por una armadura azul, y que hasta entonces se habÃa mantenido a retaguardia de los demás asaltantes, espoleó su caballo y avanzó lanza en ristre. Apuntando no al jinete, sino al corcel hirió mortalmente al noble animal.