Ivanhoe
Ivanhoe —Me interesa muchÃsimo —dijo—, aun antes de expresar toda mi gratitud a mis dispuestos amigos, averiguar, si puedo, quiénes eran mis gratuitos enemigos. Abre el visor de este caballero azul, Wamba, ya que parece ser el jefe de estos villanos.
El bufón se acercó inmediatamente al jefe de los asesinos, el cual, aturdido por la caÃda y casi aplastado por el caballo herido, yacÃa en el suelo incapaz de luchar o de huir.
—Vamos, valiente señor —dijo Wamba—, seré vuestro armero al mismo tiempo que vuestro palafrenero. Os he desmontado y ahora os quitaré el yelmo.
Y asà diciendo y sin demasiados miramientos, deshizo las cintas del yelmo del Caballero Azul. Al rodar por el suelo, descubrió el Caballero del Candado un rostro que no esperaba encontrar en tales circunstancias.
—¡Waldemar Fitzurse! —dijo asombrado—. ¿Quién ha obligado a un hombre de tu alcurnia y de tu aparente valÃa a realizar esta mala acción?
—Ricardo —dijo el caballero cautivo, mirándole—, conoces poco a los hombres y no sabes adónde pueden llevar a cada hijo de Adán la ambición y la venganza.
—¿Venganza? —exclamó el Caballero Negro—. Nunca te engañé. No tienes de qué vengarte.
—Mi hija, Ricardo, cuya mano despreciaste. ¿No fue una injuria para un normando cuya sangre es tan noble como la tuya?