Ivanhoe
Ivanhoe —Haya paz, mis caros huéspedes —dijo Cedric—. Mi hospitalidad no puede ser coartada por vuestros gustos. Si los celos han sufrido a toda la nación de engreÃdos no creyentes durante más años que los que puede contar un hombre honrado, bien podremos nosotros soportar la presencia de un solo judÃo por espacio de unas pocas horas. No he de obligar a nadie a comer ni a conversar con él…, póngale mesa y plato aparte. A no ser —añadió sonriente—, que los forasteros del turbante lo admitan a su lado.
—Señor hidalgo —contestó el templario—, mis esclavos sarracenos son verdaderos musulmanes y repugnan tanto como cualquier cristiano el tener tratos con un judÃo.
—Pues a fe mÃa —dijo Wamba— no se me alcanzan las razones por las cuales los adoradores de Mahoma y de Termagaunt se den de menos de tratar con el pueblo elegido por Dios.
—Puede sentarse a tu lado, Wamba —dijo Cedric—. Un loco y un bribón harán buena pareja.
—El loco —contestó Wamba mostrando las reliquias de un trozo de cerdo— se cuidará de levantar una barrera entre los dos.
—Silencio —dijo Cedric—, que aquà llega.