Ivanhoe

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Ante dicho altar se encontraba un ataúd, y a cada lado de él se arrodillaban tres frailes, que rezaban sus letanías y plegarias con los mayores signos externos de devoción. La madre del difunto había entregado una espléndida limosna al convento de san Edmund para pagar estos servicios y, para cumplirlos a conciencia, todo el convento, excepto el sacristán que era cojo, se había trasladado al castillo. Mientras seis de ellos estaban constantemente de guardia junto al ataúd de Athelstane para llevar a cabo los ritos sagrados, los demás no se abstenían de tomar parte en las diversiones y en el refrigerio. Mientras duraba esta piadosa vigilia y custodia, los buenos monjes se cuidaban especialmente de no interrumpir sus himnos ni un solo instante, no fuera que Zernebock, el antiguo demonio sajón, pusiera las garras sobre el fallecido Athelstane. No tenían menos cuidado de impedir que cualquier seglar atrevido tocara los paños fúnebres, los cuales, siendo los que se usaron en el funeral de san Edmund, podían quedar desacreditados si los tocaban las manos de algún profano. Si era cierto que estas atenciones podían serle de alguna utilidad al difunto, no lo es menos que también tenía algún derecho a que los frailes de san Edmund se las prodigaran, ya que, además de cien marcos de oro pagados para sacar a su alma del purgatorio, la madre de Athelstane había anunciado su propósito de hacer donación al convento de la mayor parte de las tierras del difunto para que rezaran a perpetuidad por su alma, y por la de su esposo, también fallecido.


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