Ivanhoe

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Ricardo e Ivanhoe siguieron a Cedric el Sajón a la capilla funeraria, donde, mientras su guía señalaba con el dedo el ataúd de Athelstane con toda solemnidad, imitaron su ejemplo santiguándose devotamente y rezando una corta plegaria para la salvación de aquella alma que les había abandonado.

Ejecutado este acto de piadosa caridad, Cedric les indicó otra vez que le siguieran, e inició la marcha deslizándose por el suelo de piedra con pasos inaudibles. Después de ascender unos cuantos escalones, abrió con mucho cuidado la puerta de un pequeño oratorio anexo a la capilla. Medía aproximadamente ocho pies cuadrados y estaba excavado, al igual que la capilla, en los gruesos muros. Un rayo de sol poniente entraba a través de una tronera, que se ensanchaba considerablemente hacia el interior. Una mujer de porte digno, cuyo rostro conservaba huellas de su pasada belleza, se encontraba allí. Sus largas vestiduras de luto y su toca, hecha con una rama de ciprés negro, realzaban la blancura de su tez y la belleza de sus trenzas de color rubio pálido, que el tiempo no había conseguido hacer más delgadas ni blancas. Todo su aspecto denotaba una profundísima pena sostenida por la resignación. Sobre una mesa de piedra había un crucifijo de marfil, junto al cual se veía un misal de páginas ricamente iluminadas y con los bordes adornados con cierres de oro y repujados del mismo metal precioso.


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