Ivanhoe
Ivanhoe El efecto que produjo en los presentes aquella aparición es inenarrable. Cedric retrocedió de un salto, dando contra el muro que estaba a su espalda y apoyándose en él como alguien que no puede con el peso de su propio cuerpo, miró a la figura de su amigo con los ojos fijos y con una boca que daba la impresión de no poder cerrarse. Ivanhoe se santiguó repitiendo plegarias en sajón, latín o francés, tal como acudían a su memoria, mientras que Ricardo decía alternativamente Benedicite y juraba Mort de ma vie.
Al mismo tiempo, se pudo oír un gran escándalo escaleras abajo y algunos gritos: «¡Haceos con los monjes traidores!», «¡Arrojadles a la mazmorra!», «¡Colgadles de la torre más alta!».
—¡En el nombre de Dios! —exclamó Cedric, dirigiéndose a lo que parecía ser el espectro de su fallecido amigo—. Si eres mortal, ¡habla! Si eres un espíritu del otro mundo, dinos el motivo por el cual apareces, o si puedo hacer algo para proporcionar reposo a tu espíritu. Vivo o muerto, noble Athelstane, ¡háblale a Cedric!