Ivanhoe
Ivanhoe —Creisteis mal, señor caballero —dijo Athelstane—, y Wamba mintió. Mis dientes están en perfecto estado como muy pronto tendrá ocasión de comprobar mi cena. No fue, sin embargo, gracias al templario, cuya espada giraba en su mano y la hoja de la cual me dio de plano, sino que se lo debo al mango de la buena maza con el cual me protegà del golpe. Si hubiera llevado mi casco de acero no hubiera hecho ningún caso del golpe y lo hubiera contestado de tal modo que hubiera imposibilitado su huida. Pero, como no fue asÃ, caà al suelo, atontado, eso sÃ, pero sin ninguna herida. Otros fueron derribados y muertos hasta cubrirme, y no recobré el uso de mis sentidos hasta que me encontré en un ataúd, abierto por suerte, y colocado ante el altar de la iglesia de san Edmund. Estornudé varias veces, gemÃ, me desperté y me hubiera levantado, cuando el sacristán y el abad acudieron corriendo aterrorizados, sorprendidos, sin duda, y nada complacidos de encontrar vivo al hombre cuyos herederos se habÃan propuesto ser. Pedà vino y me dieron algo, pero debÃa estar cargado de narcótico porque me dormà más profundamente que antes y no desperté más que al cabo de muchas horas. Me vi atado de manos, mis pies tan fuertemente ligados que los tobillos me duelen sólo al recordarlo, el lugar estaba completamente oscuro, y supongo que era el trastero del maldito convento. Por el recio olor a cerrado y a humedad, llegué a imaginar que también lo utilizan como sepultura. Extraños pensamientos me asaltaban en mis intentos por explicarme lo que pudiera haberme sucedido, cuando la puerta de mi mazmorra chirrió y dos monjes villanos entraron. Hubiera podido convencerme de que me encontraba en el Purgatorio, pero yo conocÃa demasiado bien la asmática voz y el corto aliento del padre abad. ¡San JeremÃas!, cuán diferente era su tono del que empleaba para pedirme otra tajada de pernil, ¡el perro ha banqueteado conmigo desde Navidad a la noche de Reyes!