Ivanhoe
Ivanhoe Mientras, el gran maestre había ocupado su sitio. Cuando todos los caballeros de la Orden estuvieron colocados a su alrededor y a sus espaldas, cada uno en el lugar correspondiente a su rango, un fuerte y largo floreo de trompetería anunció que la corte quedaba constituida. Malvoisin, como padrino del campeón, se adelantó y lanzó el guante de la judía a los pies del gran maestre.
—Valeroso señor y reverendo padre —decía—, aquí se encuentra el buen caballero Brian de Bois-Guilbert, preceptor de la Orden del Temple, el cual, al aceptar la prenda de batalla que ahora yo lanzo a vuestros pies, está dispuesto a cumplir con su deber combatiendo en este día, y a sostener que esta doncella judía, por nombre Rebeca, ha merecido justamente la condena que recayó sobre ella en un capítulo de esta sacratísima Orden del Temple de Sión, por la cual ha de morir como bruja. Aquí, como digo, está el caballero para pelear honradamente si es éste vuestro noble y santificado deseo.
—¿Has prestado juramento de que esta pelea es justa y honorable? —dijo el gran maestre—. Traed el crucifijo y el misal.