Ivanhoe
Ivanhoe —Decidle al gran maestre —contestó Rebeca—, que sostengo mi inocencia y no me declaro justamente condenada mientras no sea culpable del derramamiento de mi propia sangre. Decidle que demore el combate tanto como lo permitan las reglas, para ver si Dios, cuya mano se hace patente cuando mayor es la necesidad, me proporciona un libertador. Cuando haya transcurrido este espacio de tiempo, que se haga según su voluntad.
El heraldo se retiró para transmitir esta respuesta al gran maestre.
—Dios no quiera —dijo Beaumanoir— que ni judÃos ni paganos nos pudieran acusar de injusticia. Hasta que las sombras no hayan recorrido su camino de poniente a levante esperaremos por si acude un campeón. Cuando se haya puesto el sol, que se prepare para morir.
El heraldo comunicó las palabras del gran maestre a Rebeca, la cual inclinó la cabeza sumisamente, cruzó los brazos y, alzando la mirada, pareció implorar la ayuda del cielo ya que no la podÃa esperar de los hombres. Durante esta tenebrosa pausa, la voz de Bois-Guilbert hirió sus oÃdos. No fue más que un murmullo, pero la sobresaltó más que el pregón del heraldo.
—Rebeca —decÃa el templario—, ¿me oyes?
—Nada tengo que tratar contigo, hombre cruel y de duro corazón —dijo la infortunada doncella.