Ivanhoe

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—Sueños, Rebeca…, sueños. Ociosas visiones refutadas incluso por la sabiduría de vuestros propios saduceos. Escúchame, Rebeca —dijo, prosiguiendo con animación creciente—: dispones de una oportunidad tan buena para escapar con vida hacia la libertad que estos beatos bribones no se la pueden imaginar. Salta sobre mi caballo, sobre Zamor, el gallardo corcel que nunca ha decepcionado a su jinete. Se lo gané en un combate mano a mano al sultán de Trebizond. Monta, te digo, a la grupa. En una hora corta la acusación y la sentencia habrá quedado atrás. Se abre un nuevo mundo de placer ante ti, y ante mí una nueva carrera hacia la fama. ¡Déjales que proclamen una condena de desprecio y que borren el nombre de Bois-Guilbert de su lista de monásticos esclavos! ¡Lavaré con sangre cualquier mancha de mi escudo!

—¡Vete, traidor! —exclamó Rebeca—. Ni en esta extrema situación conseguirás que modifique ni un ápice mi decisión. Rodeada como estoy de enemigos, te considero a ti el peor y más mortal de ellos. ¡Márchate, en el nombre de Dios!

Albert Malvoisin, alarmado e impaciente por la duración de este diálogo, se adelantaba para interrumpirlo.

—¿La doncella ha reconocido su culpa? —preguntóle a Bois-Guilbert—. ¿O persiste en negarla?

—Está, en verdad…, decidida —dijo Bois-Guilbert.


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