Ivanhoe
Ivanhoe —Glorioso dÃa aquel en que cien escudos protegÃan las cabezas de los valientes; la sangre corrÃa formando rÃos, y a pie firme se aguantaba la muerte mucho mejor que si de una bandera se tratase. Un bardó sajón calificó dicha batalla como una fiesta de espadas…, un festÃn de águilas abatiéndose sobre su presa…, y también dijo que el continuo martilleo sobre los yermos y el clamor de los gritos de combate resultaban más alegres que el griterÃo gozoso de un cortejo de boda. Pero ya desaparecieron nuestros bardos —añadió—, nuestras gestas se confunden con las de otra raza, nuestra lengua, nuestro mismo nombre incluso, camina hacia su extinción y nadie se duele de que esto suceda a no ser un pobre anciano. ¡Copero!, bellaco, llena los vasos a la salud del mejor en la pelea, sea cual sea su raza y su lenguaje, de los que en este momento se encuentran luchando en Palestina junto a los mejores cruzados.
—Por modestia no puedo corresponder a vuestro brindis —dijo sir Brian de Bois-Guilbert—. Porque, ¿quiénes si no los defensores del Santo Sepulcro podÃan merecer tal honor?
—A la salud de los caballeros hospitalarios —dijo el abad—; tengo un hermano en dicha Orden.
—No seré yo quien ponga en entredicho su renombre —dijo el templario—. Sin embargo…