Ivanhoe
Ivanhoe —Comparables a nadie —dijo el peregrino, que estaba lo suficientemente cerca para oÃr la conversación con marcado nerviosismo. Todos se volvieron hacia el lugar de donde procedÃa la afirmación—. Digo —repitió el peregrino en alta y firme voz—, que los caballeros ingleses no admiten comparación con quien sea que haya desenvainado la espada para defender Tierra Santa. Y añado, pues lo he visto con mis propios ojos, que el rey Ricardo en persona, con cinco de sus caballeros, sostuvo un torneo después de la toma de San Juan de Acre. Aseguro que no hubo excepciones en su desafÃo. En aquella ocasión cada caballero entró en liza tres veces, derribando a tres antagonistas. Siete de los vencidos eran caballeros templarios…, y sir Brian de Bois-Guilbert de sobras conoce la verdad de cuanto digo.
Es imposible describir con palabras la amarga llamarada de rabia que ensombreció el rostro del templario. A tal extremo llegaron su confusión y resentimiento, que sus temblorosos dedos se aferraron a la empuñadura de la espada. Sin duda, se abstuvo de desenvainar porque su conciencia le aconsejó que no debÃa cometer ningún acto de violencia en tal lugar sin exponerse demasiado. Cedric, cuyo temperamento era directo y llano y por tanto le resultaba difÃcil el prestar atención a dos cosas a la vez, no advirtió el airado gesto de su huésped, inmerso como estaba en la alegrÃa que le habÃa producido el relato de las proezas de sus compatriotas.