QuintÃn Durward
QuintÃn Durward —Y yo te aseguré que no encontrarÃas obstáculos cuando vinieses a cortejar —añadió el rey, cuya detestable hipocresÃa persistÃa en representar al duque como copartÃcipe de una pasión que sólo era experimentada por su desgraciada hija—. ¿Y es de este modo como sonsacas a los centinelas de mi guardia, joven? ¡Pero qué no podrá perdonarse a un galán que sólo vive par amours!
El duque de Orleáns elevó la cabeza, como si intentase replicar de alguna manera para corregir la opinión que suponÃa la observación del rey; pero el respeto instintivo, por no decir miedo, que sentÃa por Luis, en el que se habÃa criado desde niño, contuvo su voz.
—¿Y Juana se ha puesto mala? —dijo el rey—. Pero no te apures, Luis, pronto pasará; dale tu brazo hasta su habitación, mientras conduzco a la suya a estas damas forasteras.