Quintín Durward

Quintín Durward

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La orden fue dada en tono autoritario, y, por consiguiente, Orleáns efectuó su retirada con la princesa por una extremidad de la galería, mientras el rey, quitándose el guante de su mano derecha, condujo amablemente a la condesa Isabel y a su parienta a su habitación, que daba al otro extremo. Saludó profundamente al tiempo de entrar y permaneció de pie en el umbral durante un minuto después que ellas habían desaparecido; entonces, con gran compostura, cerró la puerta por la que se habían retirado, y girando la gran llave, la sacó de la cerradura y la puso en su cinturón; apéndice que le hizo asemejarse más a algún viejo avaro, que no se encuentra a gusto hasta que lleva consigo la llave de su tesoro oculto.

Con pasos lentos y reflexivos y ojos fijos en el suelo, Luis avanzó hacia Quintín Durward, el cual, esperando tener su parte en el disgusto real, vio que se aproximaba con no poca ansiedad.

—Has obrado mal —dijo el rey levantando sus ojos y clavándolos en él cuando se le hubo acercado a distancia de un metro—; has obrado muy mal, y mereces morir. ¡No digas nada en defensa tuya! ¿Qué te importan duques o princesas? ¡Sólo te debe importar mi orden!

—En ese caso, Majestad —dijo el joven soldado—, ¿qué debía haber hecho?


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