QuintÃn Durward
QuintÃn Durward Esta sentencia fue ejecutada de acuerdo con QuintÃn, que estaba presente, quien condenó lo sucedido, comprendiendo que su intervención no tendrÃa efecto en este caso.
El castigo infligido al delincuente, no obstante lo dispuesto por el superior, fue más cómico que cruel. El gitano corrÃa de un lado para otro a través del patio, entre el clamoreo de voces y el ruido de los golpes, alguno de los cuales no le alcanzaban, porque aunque estaban destinados a su persona, eran esquivados por su actividad, y los pocos que le alcanzaron en la espalda y los hombros los sufrió sin queja y sin devolverlos. El ruido y el alboroto eran tan grandes, que los inexpertos asaltantes con los que Hayraddin contendÃa se pegaban entre sà más frecuentemente que a él. Hasta que al fin, deseoso el prior de terminar una escena que era más escandalosa que edificante, ordenó que se abriese el portillo, y el gitano se precipitó por él con la velocidad del rayo, quedándose a la intemperie.