QuintÃn Durward
QuintÃn Durward —El cielo los protegerá, muchacho —dijo el monje—; pues se hace duro pensar que los reyes de la bendita ciudad de Colonia, que no permitirán que un judÃo o infiel penetre dentro de las murallas de ella, puedan descuidarse hasta el punto de que los adoradores que van en peregrinación sean atacados y desvalijados por tan descreÃdo perro como ese Jabalà de las Ardenas, que es peor que todo el desierto entero de infieles sarracenos y todas las tribus de Israel. Aunque QuintÃn, como católico sincero, tuviera mucha confianza en Gaspar, Melchor y Baltasar, no podÃa olvidar que la condición de peregrinas de las damas tenÃa que subordinarse a consideraciones polÃticas terrestres; por consiguiente, resolvió en lo posible evitar colocar a las damas en ningún trance en que pudiera ser necesaria una intervención milagrosa; aunque al mismo tiempo, en la sencillez de su fe sincera, prometió ir él mismo en persona, en peregrinación, a los Tres Reyes de Colonia en representación secreta de aquéllas cuya salvación estaba ahora vigilando, suponiendo que esto fuese permitido por aquellos santos personajes razonables y reales, para lograr el efecto deseado por sus representadas.