Quintín Durward

Quintín Durward

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Para poder darle solemnidad a la obligación que se imponía, suplicó al fraile que le llevase a una de las capillas que se abrían sobre el cuerpo principal de la iglesia del convento, donde, arrodillado y con verdadera devoción, ratificó el voto que había hecho interiormente. El lejano canto del coro; la solemnidad de la obscuridad y hora escogida para este acto de devoción; el efecto de la vacilante luz de la lámpara con la cual se iluminaba este pequeño templo gótico, todo contribuía a que la imaginación de Quintín se sumiese en ese estado de fragilidad humana con que se acoge la ayuda y protección de lo sobrenatural, que en todo adorador se mezcla con el arrepentimiento por los pasados pecados y resoluciones de enmienda. Que el objeto de su devoción estuviera fuera de lugar, no era falta de Quintín, y siendo su propósito sincero, suponemos que no sería inaceptable para la única y verdadera Deidad, quien atiende más a los motivos, y no a la forma, del que implora, y a cuyos ojos es más estimable la devoción de un pagano que la hipocresía de un fariseo.

Habiendo encomendado a sus desventurados acompañantes, y a sí mismo, a los santos, y poniéndose bajo el auxilio de la Providencia, Quintín, por último, se retiró a descansar, dejando al fraile sumamente edificado con su profunda y sincera devoción.


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