QuintÃn Durward
QuintÃn Durward El duque de Borgoña, en ésta y otras pausas del discurso del heraldo, sólo exclamaba: «¡ah!», u otra interjección similar, sin dar respuesta alguna, y el tono de la exclamación era el de uno que, aunque sorprendido, desea escuchar todo lo que ha de ser dicho antes de comprometerse en respuesta alguna. Con el asombro de todos los presentes se contuvo de hacer sus gesticulaciones usuales abruptas y violentas, permaneciendo con la uña de su pulgar contra sus dientes, que era su actitud favorita cuando prestaba atención, y manteniendo sus ojos fijos en el suelo, como si no desease traicionar la pasión que podÃa resplandecer en ellos.
El enviado, por consiguiente, prosiguió, arrogante y descocado, en la comunicación de su mensaje.
—En el nombre, por tanto, del prÃncipe obispo de Lieja y conde de Croye vengo en requerirle a vos, duque Carlos, para que desista de esas pretensiones y usurpaciones que ha hecho sobre la libre e imperial ciudad de Lieja, en connivencia con el difunto Luis de Borbón, indigno obispo de ella.
—¡Ah! —exclamó de nuevo el duque.