QuintÃn Durward
QuintÃn Durward El rey no dejó de resarcirse de su conformidad, dando suelta a su temperamento vengativo contra Balue, cuyos consejos le habÃan llevado a depositar tanta confianza en el duque de Borgoña. Tristán, que llevaba las órdenes para desplazar sus fuerzas auxiliares, tenÃa además el encargo de llevar al cardenal al castillo de Loches y encerrarle allà en una de esas celdas de hierros, que se dice él mismo habÃa inventado.
—Déjele que pruebe sus propios inventos —dijo el rey—; es un hombre de la santa Iglesia; no debemos derramar su sangre; pero, Pasques dieu!, su obispado, en los diez años venideros, tendrá una frontera inexpugnable. Procura que las tropas vengan en seguida.
Quizá con esta rápida condescendencia esperaba Luis evitar la condición más desagradable con la que el duque habÃa hecho más difÃcil su reconciliación. Pero si tenÃa esa esperanza era porque olvidaba la manera de ser de su primo, pues nunca vivió hombre más tenaz en su propósito que Carlos de Borgoña, y menos que nada era capaz de dejar que se incumpliese una estipulación con la que pretendÃa vengarse de una supuesta injuria.