Robin Hood

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—Señorita, ¿queréis que os conduzca a mi «hall»? Seréis bien acogida, os lo juro. Allí hay muchachas que os atenderán y os consolarán, jóvenes fuertes y vigorosos que os defenderán y un anciano para serviros de padre. Venid.

Había tanta cordialidad y franqueza en estos ofrecimientos que Mariana se levantó instintivamente y siguió al honrado guardabosque sin decir una palabra.

El aire fresco y la marcha hicieron pronto que volviera a ella la inteligencia y la sangre fría; estudió atentamente el aspecto de su guía, y, como si un secreto presentimiento la advirtiese de que el desconocido era amigo de Gilbert Head, dijo:

—¿Dónde vamos, señor? ¿Conduce este camino a la casa de Gilbert Head?

—¡Cómo! ¿Conocéis a Gilbert Head? ¿Acaso sois su hija? ¿Habrá guardado silencio respecto a la posesión de tan maravilloso tesoro?

—Estáis en un error, señor; no soy la hija de Gilbert Head sino su amiga, su huésped desde ayer.

—Es imposible ir esta noche a casa de Gilbert; está demasiado alejada de aquí; pero el «hall» de mi tío está a dos pasos; estaréis a salvo, y para que vuestros anfitriones no se inquieten iré a llevarles noticias vuestras.

—Mil gracias, señor; acepto vuestro ofrecimiento, pues me muero de fatiga.


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