Robin Hood
Robin Hood —Muy bien, ahora date la vuelta y lárgate rápido o te agujereo a flechazos.
HabÃa que obedecer; sin armas, no hay resistencia posible. El proscrito se alejó vomitando torrentes de blasfemias y maldiciones, y jurando vengarse tarde o temprano. El guardabosque se aplicó a reanimar a la pobre Mariana, que yacÃa inmóvil en la hierba como una blanca estatua de mármol caÃda de su pedestal; la luna, alumbrando su pálido rostro, aumentaba la ilusión.
La joven fue trasladada a la orilla de un arroyo que corrÃa no lejos de allÃ; algunas gotas de agua sobre sus sienes y su frente la reanimaron, y, abriendo los ojos, como si saliese de un largo sueño, exclamó:
—¿Dónde estoy?
—En el bosque de Sherwood —respondió con sencillez el guardabosque.
Al oÃr esta voz que le era desconocida, Mariana quiso levantarse y huir de nuevo, pero le faltaron las fuerzas; juntó las manos y dijo con voz suplicante:
—¡No me hagáis daño, tened piedad de mÃ!
—Tranquilizaos, señorita, el miserable que se atrevió a atacaros está muy lejos de nosotros, y si lo intentara de nuevo tendrÃa que vérselas conmigo antes de tocar un pliegue de vuestro vestido.
Mariana, temblando, lanzaba miradas espantadas en torno a ella; sin embargo la voz que oÃa parecÃa amistosa.