Robin Hood

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Y se lanzó en persecución de Mariana. La pobre muchacha corrió durante largo tiempo sin saber si el sendero que había tomado la conduciría a la casa de Gilbert Head. Desgraciadamente, la luna, la misma luna que aquel preciso momento iluminaba la fuga de Robín, iluminó la escapada de Mariana; su vestido blanco la traicionó.

—¡Por fin! —exclamó el bandido—, ¡ya la tengo!

Mariana oyó estas horribles palabras: ¡Ya la tengo! y más ágil que un gamo, más rápida que una flecha, voló, voló, voló; pero pronto, agotada, desfallecida, sólo tuvo fuerzas para gritar por última vez:

—¡Allan! ¡Allan! ¡Robín! ¡Socorro! ¡Socorro!

Cayó desvanecida.

Guiado por el blanco vestido, el «outlaw» había apresurado su carrera aún más, y ya se inclinaba y extendía los brazos para agarrar su presa, cuando un hombre, un guarda que se encontraba emboscado velando por la conservación del coto real, intervino gritando:

—¡Hola! ¡Miserable bellaco! ¡No toques a esa mujer o eres hombre muerto! ¡Deténte o te atravieso!

El bandido retrocedió, pues el hierro de la pica del guardabosque tocaba ya sus calzones.

—¡Tira las flechas! ¡Tira el arco! ¡También la daga!

El bandido arrojó sus armas al suelo.


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