Robin Hood
Robin Hood El valiente animal no esperaba más que esta orden para saltar a la garganta del proscrito; pero éste, sin duda acostumbrado a tales luchas, cogió las dos patas delanteras del perro y, con fuerza irresistible, lo arrojó a veinte pasos; el perro, sin amedrentarse, volvió a la carga, y con una hábil finta, atacó de lado en lugar de atacar frontalmente, mordió en los pelos que salían por debajo del sombrero del bandido, y clavó tan profundamente sus dientes que la oreja entera se arrancó y se le quedó en la boca.
Un río de sangre inundó al herido, que se apoyó en un árbol lanzando espantosos rugidos y blasfemando de Dios, y Lance, contrariado por no haber podido meter el diente en algún sitio resistente, volvió a saltar.
Pero este tercer ataque debía resultarle fatal; su adversario, aunque agotado por la pérdida de sangre, le asestó un golpe tan violento sobre el cráneo con el plano de su daga, que rodó inerte a los pies de Mariana.
—¡Ahora nosotros dos! —gritó el bandido tras haber observado con satisfacción la caída de Lance—. ¡Nosotros dos, preciosa!… ¡Infierno y condenación! —rugió paseando su mirada por los alrededores—. ¡Se ha ido! ¡Se ha salvado! ¡Ah! ¡Por todos los diablos que no escapará!