Robin Hood
Robin Hood «¡Por san Pedro! —murmuraba Gilbert explorando con ojos de lince claros y montÃculos—, ¡por san Pedro! si el buen Dios cruza en mi camino al hijo de Satanás que ha dañado a mi pobre Lance, le voy a hacer bailar al son de mi daga como nunca bailó. ¡Bellaco! ¡bandido!».
Gilbert seguÃa el sendero por donde habÃa huido Mariana tras la caÃda de Lance, y llegó al claro cerca del cual Pequeño Juan habÃa salvado a la fugitiva. Se disponÃa a explorar los alrededores cuando una sombra, a la que los oblicuos rayos hacÃan gigantesca, se agitó en el suelo; primero creyó que era la de un gran árbol y no prestó atención; pero el instinto le dijo que esta sombra tenÃa algo de extraño; la observó más atentamente y pronto se dio cuenta de que sólo podÃa pertenecer a un ser vivo, a un hombre.
A veinte pasos del sitio donde se encontraba, Gilbert vio a un hombre de pie apoyado contra un árbol que le daba la espalda y movÃa los brazos en torno a la cabeza como si quisiese colocarse un turbante.
El guardabosque puso sin dudar su vigorosa mano sobre el que creÃa que era un «outlaw», y acaso también el asesino de miss Mariana.
—¿Quién eres? —preguntó al mismo tiempo con voz de trueno.