Robin Hood
Robin Hood Cuando Christabel abrió los ojos y vio la noble fisonomía del joven arquero inclinado hacia ella, enrojeció y le tendió la mano diciéndole una sola palabra:
—¡Gracias!
Pero dijo esta palabra con tal sentimiento de gratitud, con una emoción tan profunda, que Robín, enrojeciendo a su vez, besó la mano que le ofrecía.
Robín tomó de la mano a Christabel y la ayudó a dar algunos pasos hacia el grupo; pero apenas la vio Allan, olvidando a los presentes, se abalanzó hacia ella, le estrechó contra su pecho y cubrió su frente de los más tiernos besos. Christabel, palpitante, ebria de alegría, muerta de felicidad a fuerza de ser feliz, no era sino una forma humana entre los brazos de Allan; toda la fuerza vital estaba en la mirada, en los trémulos labios, en las palpitaciones del corazón.
La emoción de los espectadores de este encuentro o, más bien, de la fusión de esas dos almas, era grande. Maude, como con envidia, se acercó a Robín, le cogió las dos manos y quiso sonreírle, pero la sonrisa desgranaba, una a una, gruesas lágrimas sobre sus mejillas de terciopelo, y las lágrimas caían sin romperse, como las gotas de agua sobre las hojas.
—¿Y mi madre? ¿Y Gilbert? —preguntó el joven estrechando las manos de Maude.
Maude comunicó temblando que no había ido a la casa, y que Halbert había ido solo.