Robin Hood

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—Entre ellos se encuentra un hermoso muchacho con un curioso aspecto.

—¡Ah! —dijo Pequeño Juan con indiferencia.

—Sí; nunca veréis cabellos de color tan extraño, son casi rojos; a pesar de ello es guapo, sus ojos son magníficos, y se diría que tienen un tizón del infierno, tan brillantes los ha puesto la cólera. Monseñor hizo una visita al pobre joven estando yo de servicio: no pudo arrancarle una sola palabra, y salió jurando hacerle colgar a las veinticuatro horas.

—«¡Pobre Will!» —pensó Pequeño Juan—. ¿Creéis que ese desdichado esté herido?

—Está tan bien como vos y como yo. Sólo está de mal humor.

—¿Así que tenéis calabozos en las murallas? Es algo muy raro.

—Estáis en un error, señor forastero; en Inglaterra están en varios castillos de esa forma.

—¿En qué lugar están situados? ¿En los ángulos?

—Así es por lo general, pero no todos son habitables; por ejemplo, el que encierra al joven de que os he hablado, y que está al oeste, es bueno; es posible vivir en él sin sufrimiento. Mirad —añadió Geoffroy—, desde aquí podéis ver el lugar en que se halla: junto a aquella barbacana, ¿lo veis?

—Sí.


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