Robin Hood
Robin Hood —¿Ah, s� —susurró Pequeño Juan en tono burlón.
—¿Ah, s� —murmuró el pobre barón.
—SÃ, milord, y si Vuestra SeñorÃa me lo permite, le explicaré con ayuda de qué astucia me apoderé de ese bandolero.
—Estoy ocupado en este momento, no puedo recibirte; vuelve dentro de media hora.
El barón masticó por asà decirlo las palabras de esta respuesta, que le habÃa sido apuntada por Pequeño Juan.
—Dentro de media hora será demasiado tarde —contestó Geoffroy visiblemente malhumorado.
—¡Obedece, bellaco! Vete; te vuelvo a repetir que estoy muy ocupado.
El barón, enfurecido, hubiese dado gustoso los sacos de oro de su cofre a cambio de poder retener a Geoffroy y llamarle en su ayuda. Desgraciadamente este último, obligado a obedecer a la orden perentoria que acababan de darle, se iba con la misma rapidez que habÃa llegado, y el barón volvió a quedarse solo con su gigantesco enemigo.
Cuando el ruido de los pasos del soldado se perdió en las profundidades de los corredores, Pequeño Juan volvió su cuchillo al cinturón y dijo a lord Fitz-Alwine: