Robin Hood

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Por la tarde de ese mismo día, la casa del guardabosque estaba muy animada: Gilbert, Margarita, Lincoln y Robín, sobre todo este último, estaban afectados por el cambio y la agitación que la llegada de estos huéspedes había introducido en su tranquila existencia. Robín no se movía, pero su corazón trabajaba. La visión de la hermosa Mariana despertaba en él sensaciones no conocidas hasta entonces y permanecía inmóvil, sumergido en una muda admiración; enrojecía, palidecía, temblaba, cuando la joven andaba, hablaba o miraba a su alrededor.

Mientras que Robín, sentado en un rincón de la estancia, adoraba a Mariana en silencio, Allan cumplimentaba y felicitaba al anciano por tener tal hijo; pero Gilbert, que esperaba saber cosas sobre el origen de su hijo en el momento menos pensado, siempre confesaba que el joven no era su hijo, y relataba cómo y en qué tiempo un desconocido le había traído al niño.

Así pues Allan se enteró con asombro de que Robín no era hijo de Gilbert, y ante la explicación de éste de que el desconocido protector del huérfano llegó probablemente de Huntingdon, pues el «sheriff» de aquel lugar era quien pagaba anualmente la pensión del niño, el caballero respondió:


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