Robin Hood
Robin Hood —¡Qué grande es la Providencia! —continuó tras un momento de silencio—. Sin los ladridos de uno de vuestros perros, al que alarmaron los silbidos, no hubiésemos podido descubrir vuestra morada, y, con la lluvia que empezaba a caer, sólo hubiésemos tenido agua pura para refrescarnos, según las reglas de nuestra orden.
Dicho esto, el monje llenó y vació su vaso.
—¡Buen perro! —añadió el religioso inclinándose para acariciar con la mano al viejo Lance, que se encontraba casualmente tumbado a sus pies—. ¡Noble animal!
Pero Lance, rehusando responder a las caricias del monje, se levantó, estiró el cuello olfateando y gruñó sordamente.
—RobÃn, dame mi bastón y coge el tuyo —dijo Gilbert en voz baja.
—Y yo —dijo el monje joven—, tengo un brazo de hierro, un puño de acero y un bastón de cornejo: todo está a vuestro servicio en caso de ataque.
—Gracias —respondió el guardabosque—, creÃa que la regla de tu orden te prohibÃa emplear tus fuerzas para tal fin.
—Pero, ante todo, la regla de mi orden me ordena prestar ayuda y asistencia a mis semejantes.
—Paciencia, hijos mÃos —dijo el monje viejo—, no ataquéis los primeros.