Antonio y Cleopatra
Antonio y Cleopatra vivo en tal deshonra que los dioses
detestan mi bajeza. Yo, que con mi acero
cuarteaba el mundo y en la verde espalda de Neptuno
hacía de flotas ciudades, confieso que me falta
el valor de una mujer y la nobleza
de la que con su muerte ha dicho a César:
«Yo soy mi vencedora.» Me juraste, Eros,
que, si al extremo se llegase, y se ha
llegado, de que viera tras de mí
el acoso inexorable de la infamia
y del horror, entonces tú por orden mía
habías de darme muerte. Hazlo; llegó la hora.
A mí no me hieres: derrotas a César.
Vamos, pon sangre en tus mejillas.
EROS
¡Guárdenme los dioses! ¿He de hacer
lo que las flechas de Partia, aunque enemigas,
errando el tiro no pudieron?
ANTONIO
Eros, ¿quieres desde una ventana ver en Roma
a tu señor así, atado, doblada
la cerviz, el semblante aniquilado
por la honda vergüenza, mientras delante de él
el carro de César venturoso marca a fuego
la abyección del que le sigue?
EROS