El Mercader de Venecia
El Mercader de Venecia y serpenteantes, que bajo hermosa apariencia
hacen traviesas cabriolas al viento,
habían sido ornato de otra cabeza,
y ahora el cráneo duerme en la tumba.
El adorno es la pérfida orilla
de un mar peligroso, el velo atrayente
que oculta una oscura belleza; en suma,
la falsa verdad con que el mundo taimado
atrapa al más sabio. Así que contigo,
oro ostentoso, duro alimento de Midas,
no quiero nada; ni contigo, vulgar
y pálido esclavo de todos. Pero tú,
pobre plomo, que más amenazas que prometes,
tu palidez me mueve más que la elocuencia;
te elijo a ti, y el gozo sea la consecuencia.
PORCIA [aparte]
¡Cómo huyen las otras emociones,
los temores, el fácil desaliento,
turbios celos y débiles temblores!
Cálmate, amor, y templa el embeleso;
modera tu alegría y tus pasiones;
ponle freno a la dicha que me invade,
o temo que su exceso va a saciarme.
BASANIO [abre el cofre]
¿Qué veo aquí? ¡El retrato de la bella Porcia!
¿Qué semidiós se habrá acercado tanto
a la creación? ¿Se mueven estos ojos?