El Mercader de Venecia
El Mercader de Venecia ¿O parece que se mueven porque giran
sobre los míos propios? A estos labios
los separa un aliento suave; tal cariño
solo puede desunirlo la dulzura.
Con los cabellos el pintor hizo de araña,
tejiendo una malla de oro que atrapase,
como la tela al insecto, el corazón
de los hombres. ¿Y los ojos? ¿Cómo veía
para pintarlos? Pintó uno capaz de robarle
los suyos y quedar sin compañero.
Y, sin embargo, así como dista mi alabanza
de la verdad de la imagen, así la imagen
se queda muy atrás de la verdad.
Aquí está la carta,
la cifra y compendio de mi suerte:
«Al no elegir la apariencia
acertaste en la elección.
Tras la feliz consecuencia
no tengas otra ambición.
Si todo esto te agrada
y hallas dicha en el suceso,
acércate ya a tu amada
y acógela con un beso».
Gentil carta. Señora, con licencia,
vengo a pagar y cobrar esta cuenta.
Igual que uno de dos contendientes
imagina que todos le prefieren