El Mercader de Venecia
El Mercader de Venecia ¿Qué quieres que diga, mi señora?
Me sentí obligado a enviárselo,
sonrojado por mi descortesía.
No iba yo a empañar mi honor
con tamaña ingratitud. Perdóname, señora,
mas, por las santas luminarias de la noche,
que, si allí hubieras estado, me habrías pedido
el anillo para dárselo al doctor.
PORCIA
Que ese doctor no se acerque a mi casa:
ya que tiene la joya que yo amaba
y que tú juraste conservar,
seré tan dadivosa como tú.
No pienso negarle nada que sea mío,
ni mi cuerpo, ni el lecho de mi esposo.
Voy a conocerle, de ello estoy segura.
No duermas ni una noche fuera de casa.
Vigila como Argos[58]. Si no lo haces
y yo quedo sola, por mi honra (que aún es mía)
que yo dormiré con el doctor.
NERISA
Y yo con su escribiente, conque atento
si dejas que me cuide de mí misma.
GRACIANO
Pues, muy bien. Pero, que no me lo encuentre,
o le corto la pluma al escribiente.
ANTONIO