Enrique IV
Enrique IV entre el viento y su nobleza.
Con muchos términos de galas y de damas
me habló, reclamando, entre otras cosas,
mis prisioneros en nombre de Vuestra Majestad.
Yo, escociéndome las heridas ya enfriadas,
mareado por ese papagayo,
dolorido e indignado respondí
de mala gana sabe Dios qué, que tal vez
sí, que tal vez no, pues me indignaba
verle tan galano y tan fragante,
hablando igual que una dama de compañía
de heridas, cañones y tambores (¡válgame!)
y diciéndome que la esperma era el remedio
soberano para una contusión;
que era una gran lástima, vaya que sí,
que el innoble salitre se excavara
de las entrañas de la inocua tierra
y que matase tan cobardemente a tantos
hombres valientes y que, de no ser por esos
viles cañones, él habría sido soldado.
A esa cháchara vana e inconexa, mi señor,
respondí, como he dicho, indiferente,
y os ruego que su relato no se admita
como una acusación que se interponga
entre mi afecto y Vuestra alta Majestad.
BLUNT
Considerando estas circunstancias, mi señor,