Hamlet

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LAERTES.— Mi corazón, cuyos impulsos naturales eran los primeros a pedirme en este caso venganza, queda satisfecho. Mi honra no me permite pasar adelante ni admitir reconciliación alguna hasta que, examinado el hecho por ancianos y virtuosos árbitros, se declare que mi pundonor está sin mancilla. Mientras llega este caso, admito con afecto recíproco el que me anunciáis, y os prometo de no ofenderle.

HAMLET.— Yo recibo con sincera gratitud ese ofrecimiento y, en cuanto a la batalla que va a comenzarse, lidiaré con vos como si mi competidor fuese mi hermano… Vamos. Dadnos floretes.

LAERTES.— Sí, vamos… Uno a mí.

HAMLET.— La victoria no os será difícil: vuestra habilidad lucirá sobre mi ignorancia, como una estrella resplandeciente entre las tinieblas de la noche.

LAERTES.— No os burléis, señor.

HAMLET.— No, no me burlo.

CLAUDIO.— Dales floretes, joven Enrique. Hamlet, ya sabes cuáles son las condiciones.

HAMLET.— Sí, señor, y en verdad que habéis apostado por el más débil.

Traen los criados una mesa, y en ella, cuando lo manda Claudio,

ponen jarros y copas de oro que llenan de vino. Claudio y Gertrudis


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