Hamlet
Hamlet LAERTES.— Pienso que no, porque no sólo en nuestra juventud se aumentan las fuerzas y tamaño del cuerpo, sino que las facultades interiores del talento y del alma crecen también con el templo en que ella reside. Puede ser que él te ame ahora con sinceridad, sin que manche borrón alguno la pureza de su intención; pero debes temer, al considerar su grandeza, que no tiene voluntad propia y que vive sujeto a obrar según a su nacimiento corresponde. Él no puede, como una persona vulgar, elegir por sà mismo, puesto que de su elección depende la salud y prosperidad de todo un reino: y ve aquà por qué esta elección debe arreglarse a la condescendencia unánime de aquel cuerpo de quien es cabeza. AsÃ, pues, cuando él diga que te ama, será prudencia en ti no darle crédito, reflexionando que en el alto lugar que ocupa nada puede cumplir de lo que promete sino aquello que obtenga el consentimiento de la parte más principal de Dinamarca. Considera cuál pérdida padecerÃa tu honor si con demasiada credulidad dieras oÃdos a su voz lisonjera, perdiendo la libertad del corazón o facilitando a sus instancias impetuosas el tesoro de tu honestidad. Teme, Ofelia, teme querida hermana: no sigas inconsiderada tu inclinación; huye del peligro colocándote fuera del tiro de los amorosos deseos. La doncella más honesta es libre en exceso si descubre su belleza al rayo de la luna. La virtud misma no puede librarse de los golpes de la calumnia. Muchas veces el insecto roe las flores hijas del verano aun antes que su botón se rompa, y al tiempo que la aurora matutina de la juventud esparce su blando rocÃo, los vientos mortÃferos son más frecuentes. Conviene, pues, no omitir precaución alguna, pues la mayor seguridad estriba en el temor prudente. La juventud, aun cuando nadie la combate, halla en sà misma su propio enemigo.