La tragedia de Ricardo III
La tragedia de Ricardo III Londres. Una calle.
Entran los ciudadanos encontrándose.
CIUDADANO PRIMERO: ¡Buenos dÃas, vecino! ¿A dónde vais tan aprisa?
CIUDADANO SEGUNDO: Os juro que ni yo mismo lo sé. ¿Habéis oÃdo las noticias que corren?
CIUDADANO PRIMERO: SÃ, que el rey ha muerto.
CIUDADANO SEGUNDO: ¡Por la Virgen, malas noticias! Rara vez sucede lo mejor. Temo, temo que el mundo marche a tropezones.
Entra otro Ciudadano.
CIUDADANO TERCERO: ¡Dios os guarde, vecinos!
CIUDADANO PRIMERO: ¡Buenos dÃas tengáis, señor! ¿Se confirma la muerte del buen rey Eduardo?
CIUDADANO SEGUNDO: SÃ, señor; por desgracia, es cierta. ¡Dios nos asista entre tanto!
CIUDADANO TERCERO: Pues, entonces, señores, preparémonos a presenciar un mundo turbulento.
CIUDADANO PRIMERO: No, no; su hijo reinará, por la gracia de Dios Todopoderoso.
CIUDADANO TERCERO: ¡Desgraciado de aquel paÃs regido por un niño!
CIUDADANO SEGUNDO: Hay en él esperanzas de gobierno; que en su minorÃa un Consejo, bajo su nombre, y en su plena y mejor edad él mismo, no lo dudéis, harán que entonces y siempre se nos gobierne bien.
