Las alegres comadres de Windsor
Las alegres comadres de Windsor Sra. PAGE.—Venid con nosotras y la veréis. Tenemos que conversar largamente con vos.
Salen la señora Page, señora Ford y señora Aprisa
PAGE.—¿Qué tal, señor Ford?
FORD.—¿OÃsteis lo que me dijo aquel bribón, no es verdad?
PAGE.—SÃ; ¿y oÃsteis lo que me dijo el otro?
FORD.—¿Creéis que hablan de buena fe?
PAGE.—El diablo cargue con ellos. ¡Esclavos! No pienso que el caballero propusiera tal cosa; pero éstos que le acusan de malas intenciones respecto de nuestras esposas, son una pareja de criados despedidos, que se hacen aún más picaros ahora que se ven sin servicio.
FORD.—¿Eran sirvientes suyos?
PAGE.—Sà que lo eran.
FORD.—Pues razón de más para que la cosa me guste menos. ¿Se hospeda en la Liga?
PAGE.—Allà mismo. Si tal propósito abrigara él acerca de mi esposa, yo se la dejarÃa accesible sin estorbo alguno; y si consiguiera de ella otra cosa que una buena reprimenda, que me la claven en la frente.
FORD.—Yo no desconfÃo de mi mujer; pero se me harÃa pesado dejarlos entregados a sà solos. Puede pecar un hombre por exceso de confianza: y no quisiera yo, por cierto, que me clavaran nada en la frente. No es asà como puedo quedar satisfecho.