Las alegres comadres de Windsor
Las alegres comadres de Windsor APRISA.—No de esa manera, si place a vuestra señorÃa.
FALSTAFF.—Pues entonces, buena doncella.
APRISA.—Y que podrÃa jurarlo, como mi propia madre cuando me dio a luz.
FALSTAFF.—Lo creo aun sin juramento. ¿Qué se ofrece conmigo?
APRISA.—¿Me permitirá su señorÃa hablarle una palabra o dos?
FALSTAFF.—Dos mil, honrada mujer, y te concedo audiencia.
APRISA.—Señor, hay una señora Ford —os ruego que vengáis un poquito más cerca—. Yo resido en casa del Dr. Caius.
FALSTAFF.—Bueno. Adelante. DecÃais que la señora Ford…
APRISA.—Mucha verdad dice vuestra señorÃa. Os suplico que os acerquéis un poquito más.
FALSTAFF.—Te aseguro que nadie nos escucha. Esas gentes son de mi servicio: de mi servicio.
APRISA.—¿En verdad? Dios los bendiga y los haga buenos servidores suyos.
FALSTAFF.—Bien; pero ¿qué, a propósito de la señora Ford?