Las alegres comadres de Windsor
Las alegres comadres de Windsor FALSTAFF.—Reflexiona, bribón, reflexiona. ¿Te imaginas que he de poner mi alma en peligro, gratis? En una palabra, no procures estar colgado de mi, que no he nacido para ser el patÃbulo en que te han de colgar. Vete. Una cuchilla poco larga y un poco de muchedumbre, te hacen falta. Vete a tus dominios de Pickthatch, vete. No querÃais llevar una carta mÃa, ¡bribón! ¡Hacéis punto de honor! ¡Por vida mÃa, has de saber tú, insondable bajeza, que lo más que puedo hacer yo mismo es mantener Ãntegras las circunstancias de mi honor; yo, yo, yo mismo, algunas veces, dejando el temor al cielo en mi mano izquierda, y ocultando en la necesidad mi honor, me veo precisado a buscar astucias, a acechar, a sorprender; y sin embargo vos pretendéis esconder vuestros harapos, vuestra figura de gato montés, vuestros dicharachos y vuestros brutales juramentos, bajo la capa de vuestro honor! ¡No, no lo haréis nunca!
PISTOL.—Cedo. ¿Qué más podéis exigir de un hombre?
Entra Robin
ROBIN.—Señor, hay aquà una mujer que desea hablaros.
FALSTAFF.—Déjala entrar.
Entra la Sra. Aprisa
APRISA.—Buenos dÃas a vuestra señorÃa.
FALSTAFF.—Asà los tengas, buena esposa.