Las alegres comadres de Windsor

Las alegres comadres de Windsor

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APRISA.—Por mi vida, señor, que es una criatura inmejorable, ¡un alma de Dios! ¡Ay señor! ¡Ay señor! ¡Y qué travieso es vuestra señoría! En fin, que el cielo nos perdone, a vos y a todos nosotros

FALSTAFF.—La señora Ford… Vamos al caso. La señora Ford…

APRISA.—Pues allá va todo el asunto en dos palabras. ¡Le habéis trastornado la cabeza de una manera asombrosa! No podría haberlo conseguido el mejor de cuantos galanes luce la corte cuando viene a Windsor. Y os aseguro que han venido caballeros y lores, uno tras otro, en sus carruajes. Os lo aseguro, coche tras coche, carta tras carta, presente tras presente, y todo tan lleno de olor de algalia y tan envuelto en oro y seda, y con mensajes en tan elegantes términos y tan almibarados con la más fina y mejor azúcar, que no habría habido corazón de mujer capaz de resistir. Pues a pesar de todo, os garantizo que no consiguieron ni una guiñada. Yo misma recibí esta mañana un obsequio, veinte ángeles; pero desafío a todos los ángeles a que consigan nada por otro camino que la honradez.

Ni el más encopetado de todos logró alcanzar de ella, vamos, lo que es un sorbo de una taza; y eso que había condes, y lo que es aún más, ¡pensionistas! Pero os aseguro que con ella todo sale a lo mismo.


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