Las alegres comadres de Windsor
Las alegres comadres de Windsor Cuarto en casa de Page
Entran FENTON y ANA PAGE
FENTON.—Veo que no puedo alcanzar el beneplácito de tu padre. No me obligues de nuevo, dulce Ana mÃa, a acudir donde él.
ANA.—¡Ay! ¿Qué hacer, pues?
FENTON.—¿Qué? El ser tú misma. Se opone porque considera demasiado alta mi alcurnia, y presume que, mermados mis bienes por mis gastos, sólo procuro restablecerlos a favor de su riqueza. Fuera de estos obstáculos me presenta otros: mis turbulencias pasadas, mis asociaciones de disipación; y me dice que es imposible que yo te ame de otro modo que como una propiedad.
ANA.—Quizás os dice verdad.
FENTON.—No; y asà me ampare el cielo en el tiempo futuro. Confieso, sin embargo, que la fortuna de tu padre fue el primer móvil que me impulsó a pretenderte; pero, Ana mÃa, al hacerlo, encontré que valÃas más que toda fortuna en oro o en cualquier otro valor. Ahora no ambiciono otra riqueza que tú misma.

ANA.—Amable señor Fenton, insistid aún en solicitar la buena voluntad de mi padre; buscad de nuevo su consentimiento. Si la oportunidad y la humilde solicitud nada consiguiesen, ¡pues bien entonces…! Escuchad un momento.
