Mucho ruido y pocas nueces
Mucho ruido y pocas nueces BEATRIZ.— No, sino hasta la puerta. Allà me saldrá al encuentro el diablo, quien, con sus cuernos en la cabeza, como un viejo cornudo, me dirá: «Anda al cielo, Beatriz, anda al cielo; aquà no hay sitio para doncellas como tú». Entonces yo le dejaré mis monos y me encaminaré al cielo en busca de San Pedro. Él me enseñará dónde se sientan los solterones, y allà viviremos tan dichosos cuan largo es el dÃa.
ANTONIO.— (A HERO.) Bueno, sobrina; confÃo en que os dejaréis guiar por vuestro padre.
BEATRIZ.— SÃ, a fe; el deber de mi prima es hacer una reverencia y decir: «Como os guste, padre». Pero, sobre todo, prima, que sea buen mozo; o de lo contrario, haz otra reverencia y di: «Padre, como a mà me guste».
LEONATO.— Vamos, sobrina, espero veros un dÃa provista de esposo.
BEATRIZ.— No será en tanto Dios no haga a los hombres de otra sustancia distinta a la tierra. ¿No es desesperante para una mujer el verse dominada por un puñado de polvo valiente y tener que rendir cuentas de su vida a un terrón de cieno petulante? No, tÃo; no quiero a ninguno. Los hijos de Adán son mis hermanos; y, francamente, tendrÃa por pecado buscar un esposo en mi familia.