Sueño de una noche de verano

Sueño de una noche de verano

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TESEO.—Vaya uno de vosotros a buscar al guardabosque, porque ya ha terminado la ceremonia; y pues ya amanece, mi adorada debe oír la música de los lebreles. Soltad la traílla en el valle del oeste. Daos prisa, y buscad, como he dicho, al guardabosque. Iremos, hermosa reina mía, a la cumbre de la montaña y nos recrearemos con el musical estruendo de los ladridos de los lebreles y de los ecos lejanos.

HIPÓLITA.—Estuve una vez con Hércules y con Cadmo en un bosque de Creta, donde cazaban osos con perros, y nunca he oído más alegre bullicio, porque además de los bosquecillos, el firmamento y las fuentes, cada región vecina parecía unirse a las otras en un grito musical. Nunca he oído tan armoniosa discordancia, tan halagüeño estrépito.

TESEO.—Mis sabuesos son de la raza espartana, hocicones y miopes, y de sus cabezas penden orejas que barren el rocío de la mañana; tienen las patas torcidas como los toros de Tesalia. Son lentos en la persecución, pero de acordadas voces. Jamás se excitó con el cuerno un grito más alegre en Creta, en Esparta o en Tesalia; y ya lo juzgaréis por vos misma. Pero ¿qué ninfas son ésas?

EGEO.—Señor. Ésta es mi hija aquí dormida; y éste Lisandro; este otro es Demetrio; ésta Elena, la Elena del viejo Nedar. Me asombra encontrarlos todos juntos.


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