Frankenstein

Frankenstein

Y aunque abandonaran Europa, y habitaran en los desiertos del Nuevo Mundo, una de las primeras consecuencias de ese amor que tanto ansiaba el vil ser serían los hijos. Se propagaría entonces por la Tierra una raza de demonios que podrían sumir a la especie humana en el terror y hacer de su misma existencia algo precario. ¿Tenía yo derecho, en aras de mi propio interés, a dotar con esta maldición a las generaciones futuras? Me habían conmovido los sofismas del ser que había creado; sus malévolas amenazas me habían nublado los sentidos. Pero ahora por primera vez veía claramente lo devastadora que podía llegar a ser mi promesa; temblaba al pensar que generaciones futuras me podrían maldecir como el causante de esa plaga, como el ser cuyo egoísmo no había tenido reparos en comprar su propia paz al precio quizá de la existencia de todo el género humano.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo y me fallaban las fuerzas cuando, al levantar la vista hacia la ventana, vi el rostro de aquel demonio a la luz de la luna. Una horrenda mueca le fruncía los labios, al ver cómo llevaba a cabo la tarea que él me había impuesto. Sí, me había seguido en mis viajes, había atravesado bosques, se había escondido en cavernas o refugiado en los inmensos brezales deshabitados; y venía ahora a comprobar mis progresos y a reclamar el cumplimiento de mi promesa.


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