Frankenstein
Frankenstein Al mirarlo, vi que su rostro expresaba una increíble malicia y traición. Recordé con una sensación de locura la promesa de crear otro ser como él, y entonces, temblando de ira, destrocé la cosa en la que estaba trabajando. Aquel engendro me vio destruir la criatura en cuya futura existencia había fundado sus esperanzas de felicidad, y, con un aullido de diabólica desesperación y venganza, se alejó.
Salí de la habitación, y, cerrando la puerta, me hice la solemne promesa de no reanudar jamás mi labor. Luego, con paso tembloroso, me fui a mi dormitorio. Estaba solo; no había nadie a mi lado para disipar mi tristeza y aliviarme de la opresión de mis terribles reflexiones.
Pasaron varias horas, y yo seguía junto a la ventana, mirando hacia el mar, que se hallaba casi inmóvil, pues los vientos se habían calmado y la naturaleza dormía bajo la vigilancia de la silenciosa luna. Sólo unos cuantos barcos pesqueros salpicaban el mar, y de vez en cuando la suave brisa me traía el eco de las voces de los pescadores que se llamaban de una barca a otra. Sentía el silencio, aunque apenas me daba cuenta de su temible profundidad; hasta que de pronto oí el chapoteo de unos remos que se acercaban a la orilla, y alguien desembarcó cerca de mi casa.