Frankenstein
Frankenstein Me fui contento con el profesor y su conferencia, y lo visité esa misma tarde. Sus modales resultaron en privado aún más atractivos y complacientes que en público; pues durante la conferencia su apariencia reflejaba una dignidad, que sustituía en su casa por afecto y amabilidad. Escuchó con atención lo que le conté respecto de mis estudios, sonriendo, pero sin el desdén del señor Krempe, ante los nombres de Cornelius Agrippa y Paracelso. Dijo que «a la entrega infatigable de estos hombres debían los filósofos modernos los cimientos de su sabiduría. Nos habían legado, como tarea más fácil, el dar nuevos nombres y clasificar adecuadamente los datos que en gran medida ellos habían sacado a la luz. El trabajo de los genios, por muy desorientados que estén, siempre suele revertir a la larga en sólidas ventajas para la humanidad». Escuché sus palabras, pronunciadas sin alarde ni presunción, y añadí que su conferencia había desvanecido los prejuicios que tenía hacia los químicos modernos, a la vez que solicité su consejo acerca de nuevas lecturas.