Heidi
Heidi Cruzó a toda prisa el comedor y abrió bruscamente la puerta de la sala de estudio. ¿Era posible? Había, en medio de la habitación, un andrajoso organillero que tocaba el instrumento con mucho entusiasmo. El profesor parecía querer decir algo, pero no se oía nada. Clara y Heidi escuchaban la música con caras de felicidad.
—¡Parad inmediatamente! —gritó la señorita Rottenmeier, pero la música cubría su voz. Se precipitó hacia el muchacho, pero de pronto, sintió que sus pies tropezaban con algo: un horrible animal negro se arrastraba por el suelo. ¡Era una tortuga! La señorita dio un salto como no lo había dado en muchísimos años y chilló:
—¡Sebastián! ¡Sebastián!
El órgano enmudeció instantáneamente, pues esta vez los gritos habían sido más fuertes que la música. Sebastián, de pie detrás de la puerta, era presa de un ataque de risa al ver los brincos que daba el ama de llaves. Al fin, pudo entrar. La señorita Rottenmeier se había derrumbado en un sillón.
—¡Sebastián, que se vayan todos: músicos y animales! ¡Inmediatamente!
Sebastián se apresuró a obedecer. Hizo salir al muchacho, que había recogido rápidamente su tortuga, y le puso unas monedas en la mano, diciendo:
—Toma: los cuarenta céntimos de la señorita Clara y otros cuarenta por haber tocado tan bien.