Heidi

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—Esto no puedo saberlo con exactitud: sólo tengo veintiséis años y él debe de tener sus setenta. Así que comprenderás que no le he conocido cuando era joven. Si estuviera segura de que luego no se había de saber en todo Prattigau, te podría contar unas cuantas cosas; mi madre y él eran del mismo pueblo.

—Vamos Dete, pero ¿qué te piensas? —respondió Barbel un poco ofendida—. La gente de Prattigau no es tan cotilla, y yo además, cuando es preciso, sé callarme. Cuéntamelo, verás que no tendrás que lamentarlo.

—Está bien, pero has de cumplir tu palabra —le advirtió Dete.

Antes de empezar a hablar, se volvió para asegurarse de que la niña no anduviese demasiado cerca y pudiese oírla. Pero Heidi había desaparecido. Probablemente hacía un buen rato que había dejado de seguir a las dos amigas sin que éstas, en el calor de la conversación, se hubieran dado cuenta. Dete se detuvo y miró a su alrededor. El sendero hacía algunas curvas pero se podía seguir con la vista hasta Dörfli: no había nadie.

—¡Ah, ya la veo! ¡Mira allí! —exclamó Barbel, indicando con el dedo hacia el valle—. Está subiendo con Pedro, el cabrero, y sus cabras. Quisiera saber por qué sube hoy tan tarde. Pero es una suerte, así Pedro podrá vigilar a la niña y tú podrás hablar tranquilamente.


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