Heidi

Heidi

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—¡Tú te quedas aquí mientras Tinette tira todas esas porquerías!

Entonces, Heidi se dejó caer al lado del sillón de Clara y prorrumpió en sollozos. En medio de éstos, cada vez más violentos, no cesaba de repetir con palabras entrecortadas:

—Ahora la abuela ya no tendrá panecillos. Eran para la abuela - y seguía llorando como si su corazón fuese a desgarrarse.

La señorita Rottenmeier se apresuró a alejarse. Ante semejante estado de desesperación, Clara se asustó.

—¡Heidi, Heidi, no llores! —dijo en tono suplicante—. ¡Escúchame! ¡No te desesperes! Cuando te vayas, te prometo darte todos los panecillos que quieras para la abuela, y serán tiernos y frescos. Los tuyos se hubieran hecho duros, si es que no lo estaban ya. ¡Vamos, Heidi, no llores!

Heidi tardó un buen rato en calmarse, pero al fin comprendió el consuelo que le ofrecía Clara y se atuvo a él, pues de otro modo no hubiera acabado nunca de llorar. Necesitaba asegurarse que el ofrecimiento de Clara iba en serio y volvió a preguntar, entre sus últimos sollozos:

—¿De verdad me darás tantos panecillos como ya tenía recogidos para la abuela?

Clara la animó, repitiendo:


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